UNA PARTIDA A LAS 2:45 AM

Publicado 8 de septiembre 2016 por Brent y Erica Haberchak
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7 de agosto, 2016

Fue un domingo en la tarde. Yo estaba abajo en el campo de fútbol, como normalmente lo hago los domingos en las tardes. Estaba viendo a un grupo de adolescentes que jugaban fútbol y a un grupo de adultos que intentaban jugar fútbol, y yo deseaba poder estar ahí para intentarlo también. El sol se estaba acercando a las montañas, aunque todavía faltaba un par de horas para que el sol se pusiera en verdad y cayera la noche. Los niños corrían en los alrededores, haciendo quién sabe qué, pero permanecían en los límites predeterminados. Verás, me he dado cuenta de que cuando sucede algo realmente grave, incluye gritos espeluznantes lo suficientemente fuertes como para despertar a los muertos –como un sistema de alerta inmediato. Así que los niños estaban corriendo alrededor, haciendo algo dentro de la distancia de alerta apropiada cuando Brent se acercó y me hizo señas; yo salté desde las gradas y fui donde él. Noté que parecía un poco preocupado y no tardé en darme cuenta por qué, cuando dijo que posiblemente transportaría a una mujer hasta un hospital en esa tarde.

Esto era muy inusual y no estaba convencida de que fuera una buena idea. No me parecía bien porque nuestros aviones no suelen despegar en la noche, dado que no hay pistas de aterrizaje iluminadas para volar en PNG, y sobre todo no me gustaba la idea porque si el médico estaba considerando evacuar a la paciente a estas alturas del día, significaba que la mujer estaba lo suficientemente enferma para justificar ese riesgo. Brent me dijo que iba a estar en la clínica y que me avisaría lo más pronto posible lo que estaba ocurriendo. Me di cuenta de que ya no podía concentrarme en el juego de fútbol y llevé a los niños a casa para comenzar nuestra película semanal de los domingos en las noches, con la rutina de palomitas de maíz y batidos. Sin embargo, yo estaba tan distraída que en lugar de eso empecé a limpiar la casa. Y no puedo mentir, hice que los niños también limpiaran la casa; les dije que la película no podía comenzar hasta que los juguetes fueran recogidos.

Efectivamente, Brent llegó a la casa aproximadamente a las 6 de la tarde y dijo que tenían que sacar a la paciente. Él empacó su maleta, yo le preparé la cena y le hice café y se marchó. Mientras lo veía alejarse en el auto sentí que una piedra se clavaba en mi estómago. Una vez más, porque me preocupaba que volara en la noche y porque me preocupaba la paciente (la madre de un buen amigo nuestro que estaba visitando a su hijos aquí en PNG). La paciente tenía lo que se sospechaba que era una septicemia, una condición en la que ocurre un descenso significativo de la presión arterial y de los órganos vitales, en su caso, los pulmones habían comenzado a fallar. Ahora, en un país desarrollado, esto puede ser tratado con rapidez y eficiencia, y por lo general la septicemia no se convierte en una amenaza para la vida. Sin embargo, nuestra pequeña clínica aquí en PNG, aunque puede tratar muchas cosas, simplemente no puede mantener la atención de una mujer cuyo cuerpo está siendo invadido por toxinas. Por lo tanto, la partida de Brent significaba que el médico había decidido que la paciente no duraría hasta la mañana sin atención médica más adecuada.

Entonces Brent fue al hangar y preparó el avión para un vuelo nocturno a Puerto Moresby. Vale la pena mencionar que hasta que llegaron estos aviones Kodiaks con su capacidad para volar por instrumentos, nuestro equipo actual nunca antes había hecho un vuelo nocturno en PNG (el equipo aquí tenía un avión que era capaz de volar en la noche, pero hace años que dejó de funcionar). Nosotros usábamos un programa VFR (reglas de vuelo visual, por sus siglas en inglés), hasta que llegaron estos Kodiaks. Hace un año, hacer una evacuación médica en medio de la noche ni siquiera hubiera sido una opción. Otra razón más para alabar al Señor por la provisión de estos aviones.

Bien, de alguna manera durante las siguientes dos horas, los niños comieron y vieron su película y se fueron a la cama; creo que participé en ese proceso; eso pienso. Pero a las nueve de la noche calculé que Brent debía haber completado la hora y media de vuelo hasta Puerto Moresby y le envié un mensaje de texto; su respuesta me impactó: “no hemos salido todavía”. Aquí yo había estado paseándome de un lado a otro y orando durante dos horas para que tuvieran un vuelo seguro y él ni siquiera había despegado. Esto hizo que mi preocupación saltara a un nuevo nivel porque yo había logrado justificar una partida al atardecer siendo que todavía había un poco de luz, pero en mi mente sería un nuevo nivel de riesgo después que la oscuridad se hubiera asentado. Él me dijo, sin embargo, que habían confirmado que había luces en la pista de aterrizaje de Puerto Moresby (probablemente la única pista en todo el país), pero luego continuó diciendo que una vez que despegaran no habría retorno –ya que no había luces en la pista de aterrizaje de la que estaba a punto de despegar– y una vez que estuvieran en el aire no podrían ir a ningún otro lado sino recorrer todo el trayecto hasta la capital.

El problema era que a las nueve de la noche, el tiempo en que yo pensaba que el vuelo habría terminado, nuestro personal estaba lidiando con una pesadilla administrativa. Debido a deficientes conexiones a internet en la capital, nuestro personal no podía comunicarse con la empresa de evacuaciones médicas en el otro extremo para acordar la atención médica una vez que nuestra paciente llegara. Por supuesto que no podíamos sacar a la paciente de la clínica aquí y ponerla en un avión durante una hora y media sin que nadie la recibiera en el otro lado. Necesitábamos un equipo médico, una ambulancia, y la seguridad de que la llevarían desde el aeropuerto hasta el hospital, y nada de esto se podía arreglar debido a que la comunicación estaba caída; durante horas.

Así comenzó la noche más larga en la vida de muchas personas. Yo estaba al margen, siendo nada más que la esposa del piloto, pero nuestro grupo de enfermeros, nuestro médico y nuestros administradores trabajaron hasta bien entrada la noche para sostener la vida de la paciente y para hacer arreglos en cuanto a su cuidado después que saliera. En última instancia, ella debía ser llevada a Australia, así que estaban trabajando con este fin, pero teniendo que calcular las horas que pasaría en la capital primero.

Así que me acosté desde las nueve hasta las diez, hasta la una de la mañana, y finalmente a la una y treinta recibí la noticia de que la paciente iba camino al aeropuerto. Le envié un mensaje de texto a Brent y le dije que esperaba que hubiera podido descansar y él respondió “un poco”. Creo que el café que le di fue un poco prematuro. A las dos de la mañana la paciente estaba en el aeropuerto y yo me senté frente a mi casa, esperando ver las luces parpadeantes del único avión en el cielo en esta noche iluminada por la luna y tachonada de estrellas. Transcurrieron las dos, las dos y treinta, y finalmente a las dos y cuarenta y cinco escuché el zumbido del Kodiak. Vi una luz verde que se movía constantemente a través del cielo sobre la casa y mi corazón se atoró en mi garganta. Orgullo mezclado con temor y sentí el desasosiego de las emociones en conflicto. Estaba tan feliz, tan orgullosa, de saber que mi esposo podía participar en la salvación de una vida, pero estaba muy temerosa, muy preocupada en cuanto a cómo sería la siguiente hora y media para él y para la paciente.

No me enteré hasta más tarde, que debido a que la paciente estaba recibiendo oxígeno, Brent no podía ascender a la altura ideal para un vuelo por instrumentos. Entre más se elevara, peores serían sus signos vitales, y así tuvo que conformarse con una altura mucho menor de la que hubiera preferido –todavía segura, pero baja. Dijo que las luces de la cabina, donde el médico y la enfermera atendían a la paciente, estaban encendidas y se hacía difícil ver hacia fuera, por lo tanto, se inclinó hacia adelante, con su nariz pegada al tablero de instrumentos, durante una buena parte del vuelo. Ya sabes, solamente para asegurarse de que las montañas estuvieran fuera del camino. Todos estos fueron detalles que felizmente conocí más tarde, pero me alegra no haberme enterado de ellos en el momento.

Ellos aterrizaron en la capital a las 4:10 a.m. A pesar de las muchas horas de espera, el Señor fue bueno y preservó la vida de la madre de nuestro amigo. Ella fue llevada a Brisbane y ahora está en camino a recuperarse. Fue una larga noche para muchas personas aquí en nuestro centro misionero, pero fue increíble ver al pueblo de Dios aunando esfuerzos para trabajar en beneficio de la vida de otro.

Y ahora, por segunda vez en menos de dos años, me vi en medio de un trauma en el que no podía hacer nada sino orar y animar a un amigo en un momento en que las palabras parecían muy débiles e impotentes. Evidentemente mientras que Brent va a estar ocupado con su ministerio de vuelos, el Señor está mostrándome la necesidad de ponerme a trabajar en el ministerio de la oración. Tal vez un día voy a estar consciente de lo poderoso que ese oficio realmente es –en mi pensamiento sé eso, incluso lo creo en mi corazón, pero cuando literalmente es lo único que puedes hacer en una situación, es difícil “sentir” su eficacia. En esa noche sentí como si estuviera sentada en una silla giratoria, viendo un drama desarrollándose ante mí, mirando personas conocidas y amadas con roles, responsabilidades y trabajo. Pero allí estaba yo sentada; allí me senté, observé y grité “buen trabajo” a una persona, y “lo siento mucho” a otra. Bueno, eso no es cierto, mi casa quedó muy limpia y preparé café para mi piloto, pero en comparación con todas las cosas que realmente había que hacer, eso es muy insignificante. El asunto es, toda esa sesión proveyó una oportunidad muy dulce para implorar al Único que realmente podía hacer algo en cuanto a la situación.

Al reflexionar sobre esa noche, ahora que han pasado dos semanas, estoy convencida de que esta no será la última vez que algo así ocurra, y haría bien en esperar que mi lugar será estar al margen y mi deber el de la oración. Pero que mi corazón se humille y se alegre de tener tal deber.

 

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