Últimas noticias de los Creech

Publicado 9 de Febrero 2017 por Michael y Stacy Creech
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SABER

22 de enero, 2017

Miras a tu hijo mientras trata de participar en un juego con todos los demás. Él es el único que no sabe cómo jugar, y es fácil ver que se siente frustrado. Está molesto porque todos los demás entienden las reglas, y sin importar cuánto se esfuerce por imitar lo que ve, sigue cometiendo errores.

Te sientas para ayudar a explicar las reglas, y con un gesto de resignación él dice: “¡No es justo! No quiero jugar más”.

¿Te suena conocido? Puede ser que hayamos pasado o no hayamos pasado por este escenario en nuestra familia una o dos veces. Sin embargo, para ser honesto, esto describe con mucha exactitud mi experiencia para adaptarme a un idioma y una cultura diferentes a veces. Es como un juego en el que todo el mundo sabe las reglas. Exceptuando cuando estoy en mi ambiente, no soy el adulto útil que trata de dar consejos. Soy el niño que no sabe cómo jugar y a veces quiere tirar la toalla.

No saber puede ser difícil. En mi vida en Estados Unidos, conocía las reglas. Conocía las maneras de actuar generalmente aceptables, las señales sociales, etc. Aquí, todavía estoy tratando de averiguar las reglas. Para mí es una tentación querer esconderme a veces, porque al menos así no tengo que balbucir torpemente en el “juego”.

Hoy estuve pensando otra vez en la analogía del juego, y mientras pensaba, se me ocurrió que no necesariamente tengo que tener todas las reglas dilucidadas todavía. La realidad es que tengo un Padre que conoce las reglas del juego y a todos los demás jugadores. Si solo escuchara Sus instrucciones y siguiera Su guía, en lugar de alejarme diciendo: “¡Lo voy a hacer!”, como a mi hijo de cuatro años le apasiona decir en estos días, estaría bien. A veces voy a cometer errores todavía, pero si sigo escuchando podré aprender de ellos; todavía podré sentirme innatural, hasta que esté más familiarizado con las reglas, pero podré hacerlo con mucho menos estrés que tratando de hacerlo por mi cuenta.

Así que cada día estoy aprendiendo a poner mi mano en la mano de mi Padre y decir: “Por favor, muéstrame cómo hacer esto”. Él lo hace. Un paso a la vez.

 

LO QUE YO SOY NO PUEDE SER DEFINIDO POR LO QUE PUEDO DECIR

12 de diciembre, 2017

Él terminó su primer hilo de pensamiento y luego me miró y me preguntó: “¿Tienes algo que añadir?”

Absolutamente tenía algo para añadir, pero ¿podría?

Unos domingos antes, en lugar de anunciársenos el Evangelio desde el púlpito en la iglesia, se nos dijo que formáramos pequeños grupos y lleváramos el Evangelio al vecindario. Para ser honesto, dudé y pensé en quedarme con el grupo de mujeres que se comprometió a quedarse y orar por los grupos mientras estos iban. No pensé esto porque me avergonzara del Evangelio sino porque tenía miedo de no ser capaz de representar bien a Cristo. Incluso había la posibilidad de que metiera la pata y dejara una impresión negativa.

Mi padre adoptivo de esta comunidad (quien también tiene el oficio de anciano en la iglesia) se acercó rápidamente a mí y me dijo que yo debía estar en el grupo del pastor. En medio de la vacilación supe que era el momento de irme.

Luego, en el patio de la casa de una de las familias, el pastor y yo esperamos para hablar con un hombre un poco más joven que yo. Finalmente fuimos invitados a sentarnos en un tronco bajo un gran árbol cítrico, y después de hacer algunas preguntas, el pastor terminó su primer hilo de pensamiento, y luego me miró y me preguntó: “¿Tienes algo que añadir?”

¿Qué podría decir?

No fue mucho, pero empecé por decirle que mi vida estaba llena de preocupación e incertidumbre, pero que solamente por medio de Jesús había hallado la paz. Con toda honestidad no recuerdo todo lo que dije, solo sé que lo hice con un lenguaje muy sencillo y con los tiempos del verbo equivocados… pero está bien; no soy el héroe de la historia. Después de hablar, pasé los próximos 30 minutos o algo así escuchando en silencio la conversación, y orando para que el Espíritu Santo obrara en su alma.

Aunque él y el pastor intercambiaron números de teléfono, todavía parecía escéptico, y no lo he visto desde entonces. Entonces… ¿para qué molestarme en compartir esto contigo, una historia sin conversión y, por cierto, con una comunicación deficiente?

Porque Dios está usando experiencias como esta para hacernos parte de Su iglesia que funciona aquí en Dakar. Él es el héroe de la historia, pero Él nos permite participar. Dios nos ha dado este tiempo ahora para practicar la humildad mientras aprendemos cómo encajar en la vida aquí, no principalmente como misioneros occidentales sino como miembros de Su iglesia local.

¿Podrías hacer una pausa y elevar una rápida oración por nosotros?

  • Por favor, ora por nosotros para que hagamos buenas amistades en nuestra iglesia.
  • Ora para que toda nuestra familia pueda encontrar maneras de encajar y de servir con la iglesia.

 

EL PERIÓDICO

26 de octubre, 2016

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Su sonrisa iluminó su cara cuando se dio cuenta qué era lo que estaba preguntando yo.

Él no me vio acercarme ya que su ojo malo estaba dirigido hacia mí.

“¿Cuánto?” le volví a preguntar, ya que no pude entender lo que había dicho.

“Un centésimo de un franco”, respondió él, con su mano delgada sacando el periódico que había llamado mi atención. Hurgué en mi cartera en busca de la moneda; cuando la puse en su mano y vi la expresión de gratitud en su rostro, deseé haberle dado más.

Me di la vuelta y caminé, pero el anciano no se apartaba de mi mente. Él se para allí, bajo el sol caliente, durante todo el día, esperando a que alguien se detenga y le compre un diario para poder hacer otros cien francos de África occidental; eso es menos de veinte centésimos de dólar. ¿Cómo sobrevive? ¿Cómo sobrevive su familia?

Quería llorar, quería darme la vuelta, regresar corriendo y comprarle todos los periódicos que tuviera; quería hacer algo además de marcharme.

Él abrió mis ojos ese día. Cada vez que veo hombres y mujeres ahora, caminando en la carretera, llevando algo para vender, acercándose a los taxis estacionados, esperando, esperando hacer una venta, se suscita mi interés por ellos. Y no solo por sus necesidades físicas.

Muchas de las personas que veo en las calles trabajan duro, tratando de sobrevivir física y espiritualmente. Para su deidad, el valor de ellos se basa únicamente en su propio mérito. Ellos están allí todo el día bajo el sol caliente, todos los días, tratando de juntar sus $0.20 de dólar. Me pregunto, si alguien llegara precipitadamente y ofreciera cubrir todos sus gastos… ¿aceptarían la oferta? ¿Su orgullo o su temor, o la desconfianza los detendría?

Lo veo en ese mismo lugar casi cada vez que pasamos en el auto. Oro por él a menudo. La próxima vez que ande por allí pienso abastecerme de algunos periódicos. Sin embargo, sigo deseando poder hacer mucho más; afortunadamente conozco a Aquel que puede.

 

SIEMPRE

2 de octubre, 2016

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“¿Cómo está mi amiga a la que le gustan las manzanas rojas?” pregunta él cada vez que vamos a comprar frutas donde él. Él se refiere a Riley, y si ella está con nosotros, él siempre trata de arrancarle una sonrisa.

Rara vez compramos nuestra fruta en el supermercado, preferimos visitar a nuestro vendedor de frutas favorito. Su puesto está ubicado cerca de nuestra antigua casa, pero aún así conseguimos nuestras frutas allí. En parte porque no hemos encontrado otro bueno cerca de nuestra nueva casa, en parte porque todavía tenemos nuestras sesiones de aprendizaje de francés cerca de su puesto, y sobre todo porque realmente nos gusta él.

Todavía recuerdo la vez que llevé a Riley y a Brynn a conseguir frutas. La vez anterior había intentado hacer que las niñas lo saludaran, y creo que esa vez lo hicieron; él parecía muy contento. Las niñas comenzaron a hablar entre sí, mientras yo seguía haciendo mi pedido, y no pude evitar oírlas. “Me gustan las verdes”, anunció Brynn con su voz aguda. Riley respondió: “A mí me gustan las  manzanas rojas”.

Ambos empezamos a reír, y cuando las niñas y yo nos preparábamos para salir, el vendedor puso una manzana roja en la mano de cada niña. “Para mi amiga a quien le gustan las manzanas rojas”, dijo él con una sonrisa juguetona; las niñas estaban encantadas.

Cada vez cuando los niños están con nosotros, y a veces incluso cuando no lo están, él se asegura de tener una manzana o una pera para ellos. Y siempre pregunta por su amiga a la que le gustan las manzanas rojas.

 

VECINOS

29 de septiembre, 2016

Hay una señora, la he visto dos veces recientemente, sentada en frente de su edificio de apartamentos –el que está justo en frente de nosotros. La he visto cuando me dirijo a clase. Ella se sienta con un vestido en su regazo, usando hilos de colores brillantes para bordar un diseño hermoso en él.

El otro día le dije que su trabajo era hermoso, y ella sonrió, aceptando amablemente el elogio. Ella dijo algo en respuesta y me gustaría haber entendido. Íbamos saliendo, o habría sido tentada a sentarme y ver por un rato; tal vez la próxima vez.

Kelsey me susurró después que ella quería aprender a hacer eso. Le dije que quizá cuando el francés de todos sea mejor, podríamos llegar a conocerla, y tal vez con el tiempo ella estaría dispuesta a enseñarle a Kelsey lo que estaba haciendo.

Tengo la esperanza de algún día poder entender y comunicar lo suficiente para llegar a conocer mejor a mis vecinos. Algún día entenderé más plenamente la manera culturalmente correcta de conocer a las señoras de la vecindad. Ese día se acerca; mientras tanto saludaré a mis vecinos y espero que mi sonrisa transmita el interés en sus vidas que mis palabras aún no pueden transmitir.

 

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