EMPACAR Y DESEMPACAR

Publicado 10 de enero 2017 por Shad y Sarah Deal
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13 de diciembre, 2016

 

“ECHANDO TODA VUESTRA ANSIEDAD SOBRE ÉL, PORQUE ÉL TIENE CUIDADO DE VOSOTROS… MAS EL DIOS DE TODA GRACIA, QUE NOS LLAMÓ A SU GLORIA ETERNA EN JESUCRISTO, DESPUÉS QUE HAYÁIS PADECIDO UN POCO DE TIEMPO, ÉL MISMO OS PERFECCIONE, AFIRME, FORTALEZCA Y ESTABLEZCA” 1 PEDRO 5:7, 10.

Tengo una relación de amor y odio con las maletas. Juntas, hemos pasado por muchas cosas. Sus etiquetas reflejan múltiples vuelos internacionales y domésticos, volando aquí y allá durante nuestros años de vida en el extranjero. Sin duda las he empacado y desempacado cientos de veces. Las lleno con ropa doblada cuidadosamente, champú de viaje pequeño y jabón corporal, y recuerdos para seres queridos en el otro extremo de mi viaje. Mis fieles maletas han estado presentes en muchas llegadas felices, en recibimientos de familiares y amigos en el aeropuerto. Después de desempacar procedemos a acomodarnos y las maletas son guardadas por una temporada. Los viajes de regreso hacen que tengamos que empacar de nuevo las maletas, metiendo la ropa sucia en unas y la ropa sin usar o limpia en otras. Los champús y los jabones medio usados no encajan tan bien cuando se combinan con cosas nuevas adquiridas en este extremo del viaje.

Y cuando mis maletas y yo nos preparamos para hacer un viaje de regreso, el “hola” se convierte en “adiós” y la tristeza retorna cuando el ciclo de empacar y desempacar comienza de nuevo. Mis maletas vuelven a ser testigos de emociones –lágrimas de tristeza y de despedida y de dejar atrás.

Sí, empacar y desempacar son una parte esencial de cualquier viaje. Tal vez para otros este simple hecho no revista mucha importancia. Pero para esta chica, empacar y desempacar es algo que ha ocurrido en muchos niveles y se ha convertido en un vívido recordatorio de la realidad de la vida y el cambio.

Hace poco hice las cuentas en lo que respecta a mi vida como viajera hasta el momento, y las cifras me sorprendieron. Cumplí treinta y siete años en enero. Durante los primeros veinte años de mi vida, no cambié de casa una sola vez. La casa de mi infancia fue el único hogar que conocí hasta que me mudé a la universidad apenas unos meses antes de cumplir veintiún años. Y desde entonces comencé oficialmente mi vida de viajera y de trasteadora. En los dieciséis años que han trascurrido desde entonces, ¡he cambiado de casa diecisiete veces! Doce veces en Estados Unidos y cinco en el Pacífico Asiático. Hemos pasado la mayor parte de nuestra vida de casados en una ciudad, en el corazón de una isla del Pacífico Asiático.

Y tal vez es por eso que he estado reflexionando últimamente en empacar y desempacar. Después de vivir durante siete meses en transición, esperando, buscando respuestas, y finalmente teniendo la paz que necesitábamos para mudarnos a este lado del océano y comenzar una nueva temporada de ministerio, estoy harta de empacar y desempacar; HARTA y cansada. Por supuesto, nos encantan los viajes a la casa de mis padres en Tennessee, los paseos de fin de semana en la casa de los padres de Shad, las estancias en el motel que nos acercan al médico para esas citas tempranas (¡y largas!), las noches con amigos de iglesias que nos apoyan. Pero, en serio, la idea de empacar esas maletas una vez más me hace sentir físicamente enferma.

Le hablé a Dios sobre esto mientras conducía hacia nuestra casa desde la casa de la Abuela, donde pasamos la noche de Navidad en familia. Al estilo de una verdadera reina del drama, lo invité a unirse a mi fiesta de autocompasión. Y Él oyó; le aseguró a mi cansado corazón que le importaba. Él entendió; cuando vivió en esta tierra, sintió el dolor de estar en transición, de estar constantemente en movimiento.

También me desafió a pensar en cosas más grandes que las maletas. A darme cuenta de que lo que estaba empacando era más que ropa sucia y cepillos dentales. Porque en cada viaje empacamos cosas que llevamos en lo más profundo de nuestra alma. Nuestros viajes y nuestros sitios de destino nos cambian, ya sea que estemos conscientes de ello o no.

Nuestra querida ciudad y nuestros queridos amigos del Pacífico Asiático nos han hecho personas diferentes. En nuestros nueve años he empacado muchas cosas en mi corazón, mi alma y mi mente. Dolor y alegría; amistades y dificultades; dolor y sanación; vida y muerte. Si la empleada del aeropuerto que nos registró en nuestro vuelo de regreso a Michigan en mayo hubiera sabido cuánto equipaje llevaba, ¡me habría cobrado una gran suma por el sobrepeso!

Y mi Padre celestial me desafía con esto: Desempaca. No olvides desempacar todo lo que empacas. Desempacar implica luchar con lo que ha sido empacado. Es tener la disposición de tratar con todo lo que ha sido metido allí dentro. Es el acto deliberado de traerlo a la luz y echarlo sobre Él. Para hacer esto se requiere de tiempo, intencionalidad y vulnerabilidad.

Mi equipaje es pesado y me canso de llevarlo sola. Mi alma duele al depurar las maletas de mi alma y al ordenar el abarrotado desorden de mis emociones. Estoy aprendiendo que el dolor es sanativo, porque en el dolor reconocemos nuestra necesidad de desempacar. No he terminado completamente de desempacar, y estoy segura de que mi vida cotidiana es solo acumular más equipaje a medida que pasamos de una etapa de la vida a otra.

Lo que yo sé es esto: mi Padre espera que yo acuda a Él y desempaque a Sus pies. Él no tiene miedo de lo que voy a encontrar escondido en los bolsillos o amontonado en los rincones de mi alma. Él desea tomar lo que es confuso para hacerlo bueno y útil. Él toma mi equipaje y lo utiliza para hacerme más como Él, y para convertirme en un instrumento mejor preparado para servir para Su gloria. Él desea traer seguridad en medio del cambio, fuerza en medio de la debilidad, y calma en medio de una temporada de desasosiego.

Sinceramente, todavía me aterroriza el ciclo de empacar y desempacar que nos espera en los próximos días cuando hagamos nuestro traslado a Missouri y volvamos para terminar la vida en el Pacífico Asiático. Pero estoy aprendiendo que incluso las maletas son un recordatorio tangible que me da mi amoroso Padre sobre mi necesidad de derramar mi corazón delante de Él, dejando que Él desempaque las cargas de  mi alma y haga de mi corazón un vaso disponible para Su gloria.

¡Gracias por orar por nosotros mientras procesamos todo lo que está por delante! ¡Tu continuo apoyo, aliento y oraciones nos dan el combustible para seguir adelante para Su gloria!

 

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