Antepasados en mi casa

Publicado 16 de Junio 2016 por Jonathan y Susan Kopf
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21 de mayo, 2016

El espejo de Kolumbi (abril de 2008).

—Madre, madre —decía una y otra vez la anciana, haciendo gestos con su mano al espejo que colgaba en la pared de nuestra pequeña casa. —Madre, puedo verte —la voz de la matriarca se fue apagando mientras se miraba a sí misma con una sonrisa casi sin dientes, sin darse cuenta que su rostro envejecido había tomado la apariencia de su difunta madre.

Kolumbi había respondido a la invitación de mi esposa Susan a entrar en la casa que habíamos construido recientemente en una pequeña aldea en las montañas Hewa de Papúa Nueva Guinea central, y una vez que subió la escalera y se paró en nuestra sala de estar, vio su reflejo en nuestro espejo. Quedó cautivada con la imagen, sin darse cuenta que era suya.

Susan se tapó la boca para ocultar su sorpresa. Ella observaba mientras Kolumbi evocaba una época diferente.

—Madre, muchas cosas han cambiado desde que tú moriste.

Susan apartó la mirada, repentinamente sintiéndose culpable por escuchar una conversación personal, pero luego reprimió la risa cuando cayó en la cuenta de que esta anciana nunca se había visto en un espejo. Susan sintió ganas de echar un vistazo para ver qué veía la mujer.

—Muchas personas han muerto desde que te pusimos en la tumba —continuó Kolumbi, sin inmutarse por la presencia de Susan—. Está tu hija Wofiya (la madre de Yanis), y Ankale, oh, y recientemente tu bisnieto Elele.

Elevó su mano a su desdibujada línea del cabello, bajó su mirada, y luego continuó con un tono distante: —Así que muchos han muerto.

Susan quería decir algo para asegurarse de que su amiga supiera que no estaba hablando con el espíritu de una difunta, pero también le preocupaba que pudiera ofender a la anciana.

Kolumbi notó que Susan estaba cerca. —Madre —dijo ella con un tono reavivado—, Susan y Jonathan vinieron a vivir con nosotros. Ellos construyeron esta casa en nuestra aldea y ahora puedo verte.

—Oh no —pensó Susan—, ¡espero que no esté alimentando algún tipo de creencia en un culto ancestral!

Luego Kolumbi se dirigió a Susan. —Ven a hablar con mi madre —dijo ella, halándola de la mano—; ella querrá verte. Háblale de tu familia.

De repente Susan se dio cuenta que estaba bastante involucrada en la situación. —Ah…

—Háblale de tu familia —insistía ella, enderezándose de su posición generalmente encorvada para mirar a Susan a los ojos.

Susan avanzó tartamudeando en estado de choque y quedó frente al espejo. Estaba buscando palabras adecuadas para decir cuando la voz de Kolumbi la interrumpió.

—Oh, mira —dijo ella, levantando sus cejas por la sorpresa. Se volvió hacia Susan: —¡Tu hermana también está aquí!

Susan quedó boquiabierta. —¿Qué? Se dio la vuelta para mirar en el espejo y vio la imagen de la anciana de pelo blanco y la suya. —¡Ella debe pensar que mi reflejo es mi hermana!

Por respeto, Susan quería hablarle amablemente a Kolumbi, pero no sabía cómo empezar. —¿Será que ella piensa que mi hermana también está muerta y que ahora vive detrás de la pared de esta habitación? ¡No puedo dejar que crea eso o se propagarán rumores terribles en las aldeas!

Pero entonces, la anciana se dio vuelta rápidamente y bajó la escalera a una velocidad increíble. Salió de la casa sin cerrar la puerta.

Susan se rió a carcajadas. —¿Qué debo hacer ahora?

Pero entonces, solo unos minutos después, Susan oyó la voz muy emocionada de la anciana que regresaba con su hija mayor. —¡Ven rápido, ven rápido! —decía ella con la respiración entrecortada por la emoción— Ven a ver a mi madre. ¡Está en la casa de Susan!

Entre tanto, yo escuché el alboroto desde donde estaba traduciendo el Nuevo Testamento en mi cubículo debajo de la casa. —¿Qué está sucediendo? —le grité a Susan.

—Será mejor que subas rápido aquí —respondió ella desde la escalera—. Kolumbi cree que su madre vive en nuestro espejo y ahora trae a Fisa.

—¿Qué? —Me reí y salté de mi asiento. Subí corriendo los escalones antes que la madre y la hija atravesaran la puerta.

—¿En serio? —pregunté— Eso solo alimentaría las enseñanzas del hechicero sobre el Culto de la Carga.

—¿Qué debemos hacer?

Me di vuelta y vi a las dos mujeres de pelo cano llegando a la parte superior de la escalera, y nos apartaron con sus codos. Estaban mirando en el espejo, charlando con emoción.

—¿En verdad tenemos que decir algo? —preguntó Susan— Están muy felices.

Me reí, pues el corazón compasivo de mi esposa hacía difícil la respuesta fácil. —Fisa —le dije a la hija—, es solo un espejo. Tu abuela no está aquí; solo es el reflejo de tu madre.

Ella pareció ignorarme, pero entonces recordé que ambas ancianas eran casi sordas.

—¡Eso es solo tu reflejo! —le grité, esperando que no pareciera que estaba enojado— No es tu abuela.

Luego recordé que el nieto de Kolumbi, Yanis, me había dicho que la palabra del idioma hewa para reflejo era la misma que ellos usaban para la sombra de una persona, y que también era el mismo término que usaban para hablar del alma, o en este caso, el espíritu de la muerta. No ayudaría explicar que el alma/reflejo no era en realidad un alma/reflejo, sino simplemente un alma/reflejo. Si usaba los términos del idioma hewa ¡solo confirmaría lo que ella ya pensaba!

Entonces se me ocurrió una idea. Corrí hacia el cajón del cuarto de baño donde Susan guardaba su pequeño espejo de maquillarse. Regresé donde las mujeres felices, y golpeando el hombro de Fisa, le dije: —Aquí, mira esto. ¿Nunca te has visto en el espejo que le di a Yanis hace un tiempo?

Fisa miró en el espejo pequeño y vio su reflejo, y luego se volteó para mirar en el espejo más grande de la pared; asintió con la cabeza pero luego continuó hablando. Por lo que yo escuchaba, no podía decir si ella estaba hablando con su madre o con su supuesta abuela en el espejo, entonces me quedé mudo, sin saber qué hacer a continuación. Si no podía convencerlos, podrían perpetuar la idea de que los antepasados hewas vivían en nuestra casa. Potencialmente esto podría entusiasmar al hechicero, pues se convencería de su anterior esperanza de que nosotros los misioneros realmente éramos antepasados perdidos hace mucho tiempo que habíamos regresado donde nuestros descendientes para enseñarles cómo obtener riqueza instantánea por medio del culto a los antepasados.

Pero luego todo acabó; sin razón aparente la conversación terminó repentinamente y madre e hija bajaron los escalones y se marcharon de la casa, dejando la puerta abierta una vez más. Miré a Susan con incredulidad. —¿Nunca cesarán las sorpresas? ¿Alguna vez llegaremos al punto donde no nos sorprenderán las cosas que suceden?

—Mejor es que vayas a hablarle a alguien de esto, ¡antes que llegue toda la aldea para hablar con sus seres queridos que han muerto!

Cuando encontré a Yanis y le conté la historia, él se rió. —No te preocupes por ella —dijo él—, todos sabemos que es tan vieja que ha perdido la razón.

—¿Pero qué pasará con los demás? —insistí yo— Cuando ella le diga a la gente que vio a su madre en mi casa, ¿no pensarán ellos que yo tengo una conexión con sus antepasados muertos? Tal vez pensarán que así es como conseguí mi ropa, mis ollas de cocina y mis herramientas.

—Te preocupas demasiado —respondió con otra sonrisa—. Así hablaban los hombres pero ya no. Nosotros abandonamos los mitos ancestrales cuando ustedes nos enseñaron la historia de Dios. Hablaré con la abuela, pero no te preocupes porque ahora tenemos mejor criterio.

Por favor, ora por los hewas y los otros grupos tribales de Papúa Nueva Guinea que aún se aferran a sus expectativas ancestrales con el culto de la carga. Cuando llegamos a Hewa en el año 2000, nos enteramos que muchas personas pensaban que un día nosotros les diríamos una oración, una canción o un rezo-cantado secreto que abriría la puerta para que ellos adquirieran riqueza instantánea de Dios, y hoy en día todavía hay grupos que se aferran tenazmente a esta forma de pensar.

Alabamos al Señor por Yanis (en la foto con su  familia) y otros que han respondido a la verdad del Evangelio, pero ellos se preocupan por los otros que piensan que el secreto para tener riqueza material es algo que todavía tenemos que revelarles. Por favor, ora para que los hewas anhelen tener una relación de amistad con su Creador y para que la verdadera fe en Jesús se extienda en todas estas montañas.

 

Una respuesta a “Antepasados en mi casa”

  1. joaquina dice:

    Es de mucha bendicion todo el trabajo que hacen…me da mucha envidia su labor y el campo misionero y a las personas a las cuales llevan el evangelio….estoy orando por ustedes… Dios les bendiga y conceda los deseos de sus corazones….

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